Tenemos un largo trabajo de SOCIALIZACIÓN
¡Saludos a todos! Hoy hablaremos de la dominación masculina, relacionándolo con las entradas anteriores, así como con los siguientes artículos:
- BOURDIEU, P.: "La dominación masculina".
- MORENO, E. y CORREA, R.I.: "De la dominación masculina y demás leyes naturales".
Como recogen Moreno y Correa en el segundo artículo expuesto, "la dominación masculina ha estigmatizado la naturaleza de las mujeres desde la noche de los tiempos". Y es que todas las intolerancias hacia la mujer de las que somos conscientes, así como de las que somos inconscientes, tienen su origen en tiempos primitivos, también en esa cosmología "falonarcisista" de la que habla Bourdieu y en la violencia simbólica tan practicada en la actualidad. La invisibilidad, la sumisión, el reparto de roles, la indiferencia, el menosprecio, la violencia de género, tan odiada y tan practica, tienen su origen en el bestiario ideológico y está presente en todas partes: refranes, cantos, pintura, tejidos, etc.
En ambos artículos se apuntan diferentes causas de esta patente asimetría de poder. Una de las causas es la alteridad femenina, bajo la cual las mujeres siempre han sido consideradas como "la Otra", siempre objeto y nunca sujeto, siempre segunda y nunca primero, siempre ninguneada, menospreciada, naturalizada, invisibilizada. Pero, ¿cómo lo han conseguido? Como señalan Moreno y Correa, el género masculino se ha valido de un burka ideológico, el cual ha sido construido a lo largo de la Historia.
Vemos la influencia antropológica, histórica, religiosa y mediática en la construcción de dicho burka.
Antropológica, cuando las personas dejaron de ser nómadas y descubrieron la agricultura, se hicieron sedentarios, crearos poblados y se originó la propiedad privada. Es aquí cuando el ámbito de la mujer se partió en dos: público y doméstico y, así, fue relegada para siempre a persona de segunda categoría.
Esta propiedad que las condenó al segundo plano, nunca ha podido ser alcanzada por ellas. Siempre tuvieron que utilizar un intermediario para lograr alcanzarla mínimamente: su padre, su marido, su hijo. No tenían derecho a nada, a no ser que el varón se lo permitiera.
Históricamente, mucho ha tenido que ver también el Código de Hammurabi (1750 a.C.), el cual contiene muchas leyes referentes a la "sumisión de la mujer al varón y la génesis de la cultura patriarcal y androcéntrica" (Moreno y Correa), así como Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio o el Código Penal de 1822.
Desde el ámbito religioso, ya observamos como la primera mujer en el Génesis se subordina al hombre, creándose aquella a partir de una costilla de Adán. También, según Pierre Bordieu, en ‘La dominación masculina’, en un pasaje de un texto famoso de Freud se puede ver “cómo la diferencia biológica se ha constituido como deficiencia, es decir, como inferioridad ética”: “Ella (la niña) observa el gran pene bien visible de su hermano o de un compañero de juegos, lo reconoce de inmediato como la réplica superior de su propio pequeño órgano oculto y, a partir de ese momento, es víctima de la envidia del pene”.
También es sorprendente la etapa de genocidio religioso que tuvo la Iglesia católica cuando persiguió a brujas, endemoniadas y hechiceras en nombre de Dios.
A nivel mediático, ha hecho mucho daño el falso realismo de las imágenes. Como sostienen Moreno y Correa: “A fuerza de dar más de lo mismo se consigue presentar como natural la ideología dominante. Por eso, no hay mayor fuerza para una ideología que el dejarla de cuestionar porque consideramos que forma parte de lo cotidiano y del orden natural de las cosas”.
Los medios de comunicación han construido una imagen de la mujer al gusto de los opresores: reina del hogar, guardiana de su familia, bella y servicial, objeto sexual, acomplejada por sus arrugas, etc. Ni el mágico cine infantil de Disney ha escapado a estos tentáculos ideológicos de una mujer dependiente de su ‘príncipe azul’.
¿Y qué decir de esas noticias en las que se trata a las víctimas de la violencia de género como simples cifras? Claro que no podemos dejar de destacar la labor de concienciación y denuncia que han llevado y que llevan a cabo los medios, pero no es menos cierto que éstos continúan cayendo en la trampa de ciertas tendencias que poco ayudan a ir a la raíz del problema. Muchas veces los datos más escabrosos (“degollada”), detalles de la vivienda de la víctima, etc., no contribuyen para nada a erradicar la lacra.
A pesar de todo, afortunadamente, la situación ya no es del todo así. Gracias a pequeños pasos como el acceso al derecho al voto o la entrada en la educación, han allanado un poco el camino hacia la libertad. Necesitamos interiorizar dónde está el germen de la dominación masculina, sin dejar nunca de luchar por la igualdad entre hombres y mujeres. Debemos tomar conciencia y decidir cambiar el mundo, volver a ser las diosas que algún día fuimos. Tenemos un largo trabajo de socialización por delante.

En ambos artículos se apuntan diferentes causas de esta patente asimetría de poder. Una de las causas es la alteridad femenina, bajo la cual las mujeres siempre han sido consideradas como "la Otra", siempre objeto y nunca sujeto, siempre segunda y nunca primero, siempre ninguneada, menospreciada, naturalizada, invisibilizada. Pero, ¿cómo lo han conseguido? Como señalan Moreno y Correa, el género masculino se ha valido de un burka ideológico, el cual ha sido construido a lo largo de la Historia.
Vemos la influencia antropológica, histórica, religiosa y mediática en la construcción de dicho burka.
Antropológica, cuando las personas dejaron de ser nómadas y descubrieron la agricultura, se hicieron sedentarios, crearos poblados y se originó la propiedad privada. Es aquí cuando el ámbito de la mujer se partió en dos: público y doméstico y, así, fue relegada para siempre a persona de segunda categoría.
Esta propiedad que las condenó al segundo plano, nunca ha podido ser alcanzada por ellas. Siempre tuvieron que utilizar un intermediario para lograr alcanzarla mínimamente: su padre, su marido, su hijo. No tenían derecho a nada, a no ser que el varón se lo permitiera.
Históricamente, mucho ha tenido que ver también el Código de Hammurabi (1750 a.C.), el cual contiene muchas leyes referentes a la "sumisión de la mujer al varón y la génesis de la cultura patriarcal y androcéntrica" (Moreno y Correa), así como Las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio o el Código Penal de 1822.
Desde el ámbito religioso, ya observamos como la primera mujer en el Génesis se subordina al hombre, creándose aquella a partir de una costilla de Adán. También, según Pierre Bordieu, en ‘La dominación masculina’, en un pasaje de un texto famoso de Freud se puede ver “cómo la diferencia biológica se ha constituido como deficiencia, es decir, como inferioridad ética”: “Ella (la niña) observa el gran pene bien visible de su hermano o de un compañero de juegos, lo reconoce de inmediato como la réplica superior de su propio pequeño órgano oculto y, a partir de ese momento, es víctima de la envidia del pene”.
También es sorprendente la etapa de genocidio religioso que tuvo la Iglesia católica cuando persiguió a brujas, endemoniadas y hechiceras en nombre de Dios.
A nivel mediático, ha hecho mucho daño el falso realismo de las imágenes. Como sostienen Moreno y Correa: “A fuerza de dar más de lo mismo se consigue presentar como natural la ideología dominante. Por eso, no hay mayor fuerza para una ideología que el dejarla de cuestionar porque consideramos que forma parte de lo cotidiano y del orden natural de las cosas”.
Los medios de comunicación han construido una imagen de la mujer al gusto de los opresores: reina del hogar, guardiana de su familia, bella y servicial, objeto sexual, acomplejada por sus arrugas, etc. Ni el mágico cine infantil de Disney ha escapado a estos tentáculos ideológicos de una mujer dependiente de su ‘príncipe azul’.
¿Y qué decir de esas noticias en las que se trata a las víctimas de la violencia de género como simples cifras? Claro que no podemos dejar de destacar la labor de concienciación y denuncia que han llevado y que llevan a cabo los medios, pero no es menos cierto que éstos continúan cayendo en la trampa de ciertas tendencias que poco ayudan a ir a la raíz del problema. Muchas veces los datos más escabrosos (“degollada”), detalles de la vivienda de la víctima, etc., no contribuyen para nada a erradicar la lacra.
A pesar de todo, afortunadamente, la situación ya no es del todo así. Gracias a pequeños pasos como el acceso al derecho al voto o la entrada en la educación, han allanado un poco el camino hacia la libertad. Necesitamos interiorizar dónde está el germen de la dominación masculina, sin dejar nunca de luchar por la igualdad entre hombres y mujeres. Debemos tomar conciencia y decidir cambiar el mundo, volver a ser las diosas que algún día fuimos. Tenemos un largo trabajo de socialización por delante.

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